El diario en papel: cómo salvarlo de la eutanasia

Días atrás levantó algo de polvareda la columna escrita por el español Javier Pérez de Albéniz, titulada ‘El Suicidio del periódico (de papel). Allí, el autor critica a los grandes periódicos españoles, quienes “han dejado de pensar en mí como lector“, ya que considera que la calidad ha bajado notablemente y que no han sabido adaptarse a los cambios, sobre todo con la crisis económica que se vive en España. “No creo que sea éste el periódico que requieren los tiempos que vivimos“, sentencia Pérez de Albéniz, quien deja una frase antológica: “Los grandes periodistas se han convertido en mediocres empresarios, y los mediocres periodistas en nefastos patronos. Ven al lector como consumidor, y creen que solo será la publicidad, y no los contenidos, quien les mantendrá con vida”.

Y uno de los grandes temas en debate desde hace años en periodismo es el papel que deben cumplir los diarios ídem. Ya lo había mencionado en una entrevista anterior, cuando observé que si bien faltan unos cuantos años para el fin del diario en papel, éste debe reflejar el análisis de la noticia y no la noticia en sí misma, que ya se conoce desde el día anterior. Análisis, contextualizaciones, opiniones fundamentadas, plumas prestigiosas, son algunas pautas de calidad que los diarios deberán cumplir si quieren sobrevivir. Pero también hay algo fundamental: no se está investigando. Claro, para eso hace falta un equipo de periodistas que trabaje en pos de ese objetivo y no que cumpla un horario en la redacción cual empleado público. Esto es lo más difícil. Se viene escuchando año tras año que los medios no pagarían sueldos a alguien que no publique o no escriba a diario, pero la investigación, que es la esencia misma del periodismo, requiere de estas prácticas.

Y aquí el problema pasa por los empresarios, que en la jerga corriente, ‘no se la juegan’. Creen que manteniendo un equipo de personas investigando fuera de la redacción sería una pérdida de dinero para sus arcas. Lo más probable es que el empresario, dueño o accionista del medio no sea un periodista y no conozca prácticas más habituales que montar una redacción de calientasillas como una oficina lisa y llana. “Un tugurio de malos hábitos, la grasa pesada de una redacción paquidérmica, el malhumor permanente de un grupo de gruñones que se pasan el día buscando chivos expiatorios, una corte de falsos chupatintas sin muchos escrúpulos, la mayoría además con poca capacidad y ganas de investigar y producir“. Así observa a la redacción del semanario L’Express francés su ex director Denis Jamber, citado por Ignacio Ramonet en su último libro ‘La Explosión del Periodismo‘. Cualquier semejanza con otras redacciones, no es pura coincidencia.

Hoy, un diario en papel, en lo que concierne sólo a las noticias, puede hacerse con cables de agencias y algo de producción propia. Pero el verdadero fuerte de los diarios será (en realidad ya es) el análisis profundo, la opinión de especialistas, la investigación, los grandes reportajes; es decir, aquellos contenidos que no se encuentren fácilmente en Internet y que supongan un plus de calidad para la gente que va a pagar por el periódico, además de erigirse como en sus orígenes en contrapoder. Sin embargo, hoy ya no nos sorprendemos al ver que todos los diarios tienen las mismas noticias y que comparten casi en su totalidad la agenda. La salvedad son algunos intentos de periodismo sensacionalista -tan en boga en estas épocas de frivolidad mediática- que manejan otra agenda, más direccionada al escándalo menor de personajes públicos.

La defunción inminente de los periódicos de papel no debería ser considerada muerte natural. Es un suicidio. Como lector, mi paciencia se agota. Cuando compro el diario no busco estilos de vida, famosos, frivolidades, sinergias o momias. Quiero información cierta y responsable sobre la actualidad, basada en la observación y los principios morales. Es decir, quiero periodismo. Y si es posible, con algo de talento“, finaliza su columna Pérez de Albéniz, cansado como otros tantos lectores de la mediocridad que impera en mucha de la prensa impresa actual. ¿Hay solución? Sí, y está en manos de todos: empresarios, jefes, periodistas, consumidores, anunciantes. Si sólo se analiza en términos de rentabilidad, no hay remedio para esta enfermedad. Pero la rentabilidad también puede llegar proponiendo novedades, modificando hábitos de conducta obsoletos, seduciendo al lector, atrayendo anunciantes y ganando ‘clientes’ en pos de la calidad…

Sí, es el contenido, estúpido.

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